Que alguien apague esa luz. Estoy parado en medio de la calle. Es
tarde. Ya no pasan carros a esta hora. Un silencio total me envuelve, me
absorbe. Cae una suave lluvia. No me molestan las pequeñas goteras que golpean
mi cara. Estoy concentrado en esa maldita luz. Ese faro que se ve a la
distancia, que me alumbra con un ritmo incesante. Esa luz que gira eternamente,
me alumbra, se aleja hasta el horizonte y regresa. No puedo descansar. No con
esa luz. No sé cuánto tiempo llevo allí parado, mirándola. Mientras regreso, el
ruido seco de mis zapatos golpeando el pavimento comienza a enloquecerme. Ruido,
silencio, ruido silencio, algo que se repite a cada paso. Me parece que va en
ritmo con la luz del faro. Paso, silencio, paso, luz, silencio. Una y otra vez
mientras me acerco a la puerta de mi casa. El corto camino se me hace eterno
mientras el ritmo me desespera.
No comprendo que me pasa. Antes era diferente. Quiero decir, el mismo
ritmo estaba allí. El faro, todas las noches girando nunca me molestó. He
caminado toda mi vida y jamás noté el ritmo de mis pasos. Todo cambió hace algunas
noches. Es decir, nada cambió. Me levanté de la misma manera, fui al trabajo
por el mismo camino. Ese día era igual a todos. Nada era diferente. Pero algo
cambió, en mí o en mi entorno. Ahora no logro estar tranquilo. Es el orden de
las cosas. El mundo, la gente, todo quiere estar en orden. ¡No! La luz del
faro, mis pasos, estar en el trabajo todos los días a la misma hora, el ruido
de los dedos al golpear las teclas del computador, todo, siempre siguiendo un
ritmo, un compás que rige la música del mundo. No lo soporto. Odio esa música.
Tanto orden, tanta armonía. Solo hay dos cosas que me tranquilizan: La lluvia y
sentarme a tocar piano. Esta noche no llueve lo suficiente. Así que tengo que
entrar y sentarme en el piano y tocar. Tengo que acabar con la armonía, así sea
por unos segundos, para lograr tranquilizarme un poco y poder dormir. Me siento
frente a las teclas y como el mejor de los pianistas, hago un gesto inservible
con mis dedos, como preparándolos para disponerse a deslizarse con destreza
sobre el instrumento. Pero, claro está, no me dispongo a entonar ninguna obra
maestra. Enloquecería (aún más) de hacerlo. Aguanto la respiración por un
segundo para disfrutar del silencio y la calma que me dispongo a destruir y
luego descargo con furia los dedos, los puños, los brazos sobre las teclas,
produciendo un estruendo placentero, un ruido endemoniado que apacigua mi
intranquilidad. Disfruto por largo rato de ese sonido que surge del movimiento
aleatorio de mis manos, no sé por cuanto tiempo, hasta que una sonrisa se
dibuja en mi rostro. Luego me detengo pues ya podré dormir un poco. Me dirijo a
la cocina y me tiro sobre el sofá. Dejo encendida la luz y cierro los ojos.
¿Por qué la cocina? Un impulso, eso fue todo. Descubrí que no soportaba
dormir más en mi habitación. Era vivir al mismo ritmo que no soporto. No podía
vivir en lo que llamaría normalidad. Ahora duermo en la cocina, como en la
habitación, cocino en el salón. Todo está hecho un desorden y me gusta que sea
así. Pero, como todos los días tengo que soportar una rutina a la que estoy
forzado. Ir hasta el paradero. Tomar el mismo bus. Ir a la oficina, sentarme a
preparar documentos, a verle la maldita cara sonriente a los demás, con esas ganas que me dan de reventarles la nariz con un puño. Pero me controlo. Recuero el
sonido de mi piano, la lluvia caer, y me sirve para aguantarme hasta regresar
de nuevo a casa en la tarde.
Hoy, mientras me dirigía de nuevo a mi casa, no sabía lo que me
esperaba. Casi corriendo me senté frente al piano para descargar mi
frustración, para descubrir que del instrumento no brotaba ninguna clase de
sonido. Golpeé más fuerte pero solo conseguí desprender algunas teclas. ¿Qué puedo
hacer ahora? Afuera no llovía. Me encerré en el desván. Llevo varias horas
aquí. Estoy a punto de enloquecer. No sé qué hacer. Aunque…