viernes, 13 de abril de 2012

Triskaidekaphobia

Ese número, que tanto lo había atormentado, que tanto los había atormentado. <Es un miedo irracional> habían dicho los psiquiatras. Pero él sabía que no era así. Porque ese número era la materialización de la mala suerte y cada encuentro lo acercaba más a su muerte. Cada encuentro había tenido un accidente, cada uno peor que el anterior. El último lo había dejado en coma por meses. Y sabía que lo que seguía era peor, el final. Y por eso había cambiado su vida totalmente para evitar cualquier tipo de encuentro. Había dejado de visitar plantas con ese número en los edificios, si su destino estaba a ese número de minutos, prefería caminar un poco más y rodear la cuadra. Evitaba tener ese número de prendas de ropa. 15 camisas, 10 pares de medias, 7 pantalones, pero nunca ese número. Se aseguraba que nada en su vida tuviese algo que ver con eso. Y su juego le había funcionado, lo había mantenido a salvo…hasta ahora.
Porque ese maldito número se acercaba inevitablemente.
12+1, 14-1, 26/2, 1x13…13…13…13…13…13…13…13…13…13… 13…13… Y esta vez era Viernes, Viernes 13, era el día de su cumpleaños.

martes, 13 de marzo de 2012

El pintor (Parte II)

El reloj que colgaba sobre la puerta marcaba un monótono conteo regresivo. Poco antes de dar las doce, el forense terminó con el cuerpo en el que estaba trabajando, un ladrón abatido en el centro de la ciudad. Lo cubrió con la sábana impecablemente blanca y lo guardó empujándolo a la oscuridad que había en el hueco de la pared. Se quitó la bata y los guantes, dejó tirados los instrumentos sobre una mesita metálica. Luego tomó su chaqueta y se despidió apenas con un gesto antes de cerrar la puerta. Entonces el muchacho quedó solo en la habitación. La luz de neón blanca emitía un zumbido constante que al principio le había resultado molesto pero ahora apenas lo escuchaba. Sin embargo la luz emitía un efecto estroboscópico que le causaba dolor de cabeza y nunca pudo acostumbrarse. El silencio era increíblemente ensordecedor. Podía casi escuchar el flujo de sangre que pasaba por sus orejas. Al principio se movía de manera tímida. No se sentía cómodo con un montón de cadáveres guardados allí tras una delgada puerta. Tomó un trapo, un trapeador y un balde metálico, horriblemente manchado con la sangre de cientos de cuerpos que había pasado por allí. Comenzó limpiando los instrumentos y la mesa en los que antes había estado trabajando el forense.
En determinado momento se dirigió a un lavadero para limpiar el balde. Lo llenó de agua y luego vació el agua rojiza, que se fue lentamente por el sifón. Y fue en ese momento que una imagen se apoderó de su mente. Por un instante muy breve, el líquido que se escapaba hacia las tuberías formó una imagen, o así lo percibió él. Una obra de arte, realmente algo digno de ser plasmado. Se quedó quieto, desviando todos sus esfuerzos para concentrarse únicamente en grabar en su mente la imagen que ya había desaparecido. El resto de su turno de trabajo estuvo desesperado pues mientras hacía sus labores, solo pensaba en llegar a su casa y transmitir esa idea al lienzo.
Llegó a su casa a las  cuatro de la mañana. A pesar de estar extenuado, se sentó en su mesa de dibujo. Pero el amanecer llegó y aún no lograba dar más de dos pinceladas para obtener una obra digna de lo que se imaginaba. Simplemente le fue imposible lograrlo. Y comprendió por qué. Y también sabía la solución. Pero para ello, debería esperar hasta la noche siguiente, hasta regresar a la morgue.

sábado, 3 de marzo de 2012

Los monstruos de tu infancia

He estado mucho tiempo sin escribir y sin visitar el blog. Y pido disculpas a los lectores. Hay una historia sin terminar (El pintor) que simplemente no he podido continuar escribiendo porque cada vez que me siento a escribirla, no se me ocurre nada bueno. Por ahora dejo un relato diferente que escribí a mano, en la calle, mientras esperaba algo. Simplemente empecé a escribir lo que me venía a la mente y resultó una historia que me gustó más de lo que esperaba. Espero que también les guste a ustedes:

Al fondo del corredor había una puerta. Siempre permanecía cerrada. Toda su vida, desde que era muy pequeño había querido saber que había tras esa puerta pero nunca había tenido el valor de acercarse y abrirla. Ni siquiera de acercarse y poner su mano sobre el pomo frío y oxidado. Pero la curiosidad siempre estaba presente. Un día siendo joven, le preguntó a su padre que había tras esa puerta. Este le respondió: “Tras esa puerta, hijo mío, hay una habitación donde están guardados los monstruos de tu infancia.” Se le heló la sangre al escuchar dichas palabras y por muchos años la curiosidad y las ganas de abrir la puerta desaparecieron en el olvido.
Muchos años después, ya muertos sus padres, decidió visitar la casa que había acogido su niñez. Se paralizó cuando, al subir las escaleras, se encontró al frente de la puerta, al otro lado del corredor. Los recuerdos llegaron a su mente como una avalancha. No supo por cuánto tiempo estuvo ahí quieto, repasando cada imagen, cada pensamiento relacionado con la puerta. Y luego recordó las palabras de su padre, casi tan reales y vívidas como si se las hubiesen susurrado al oído. Pero en su madurez se imaginó que los monstruos de su infancia no eran más que estúpidas figuras, temores de un niño sin aspiraciones, sin conocimiento de la vida. Entonces, por primera vez tuvo la fuerza para caminar hacia la puerta. Y aunque no debía tenerle miedo a lo que había allí dentro, no pudo evitar que su corazón empezase a palpitar fuertemente. Su mente se colmó de suposiciones, de complejas escenografías que se fueron a lo absurdo cuando tras la puerta encontró una habitación vacía excepto por un pequeño cofre en el suelo, algo que percibió como una decepción.
El miedo fue desapareciendo lentamente ante el inofensivo contenedor de madera. Se agachó junto a este y lo contempló. Parecía delicado y de gran valor, pero más que eso, inspiraba tranquilidad. Sentía que los monstruos que guardaban habían muerto o estaban en un sueño profundo pues el cofre no presentaba el más mínimo movimiento o vibración para indicar lo contrario. Cuando por fin se convenció que el cofre no guardaba más que los estúpidos temores de un niño inocente y su corazón latía normalmente una vez más, decidió que era hora de abrir el cofre y terminar con tantos años de curiosidad. Posó suavemente las manos sobre la tapa, con exagerada delicadeza, temiendo acaso romper el cofre. Apenas hizo esfuerza hasta escuchar un leve craqueo indicándole que estaba abierto. Entonces, de un solo movimiento tiró la tapa hacia atrás.
Se petrificó. Sus pupilas se dilataron hasta tener la visión borrosa. Sus ojos se quedaron estáticos y le resultó imposible desviar la mirada. Comenzó a llorar, gritando como un niño, un niño estúpido, el niño estúpido de temores absurdos. Cuando por fin pudo retomar el control de su cuerpo, corrió a la habitación de sus padres para encontrarse con una vieja cama vacía y cubierta de polvo. Ya no estaban allí para cuidarlo en las noches de temor. Entonces, apenas sintió que los monstruos de su infancia entraban a la misma habitación, se entregó sin oponer resistencia.
Por Camilo

miércoles, 4 de enero de 2012

El pintor (Parte I)

Arte. Siempre le había parecido una palabra tan compleja. Sólo cuatro letras. Pero detrás encontraba mucho más, todo cobijado con la polémica inherente al tema. Su punto de vista era simple y más de una vez había repasado en su mente la explicación a su percepción del arte, como queriendo estar prevenido, con la respuesta lista en caso que el tema surgiese en una conversación cualquiera, esperando el bus, en su oficina, en una reunión con sus amigos, en el ascensor del edificio.  “Nadie tiene el concepto absoluto. Para unos, una obra puede ser buena, mientras que para otros es basura”. En realidad no le parecía que su visión fuese diferente a la del resto del mundo. Estaba seguro que cualquiera estaba de acuerdo con lo que pensaba. Entonces el problema con el arte no era tratar de crear una obra que le gustase a todo el mundo. El problema era crear algo que le gustase a un grupo suficientemente grande para crear una corriente, para convertirse en un verdadero artista de categoría y no en un pobre pintor callejero o algo por el estilo. A estos últimos   los consideraba respetables pero sabía que el resto del mundo los miraba por encima del hombro.
Él, como podrán imaginarse, era un artista, un pintor. Vivía en ese complicado mundo. Al inicio de su carrera, cuando aún era muy joven, trabajaba especialmente el óleo. Hacía pinturas apenas aceptables y nunca había logrado nada bueno. Soñaba con tener una exposición en algún museo de la ciudad y quizá en el exterior, viajar, vivir la vida de un verdadero artista. Pero sus obras colgaban casi olvidadas en el salón de alguna casa de una familia cualquiera. No vendía su trabajo por mucho dinero y lo que ganaba no era suficiente para tener una vida decente. Los primeros años de su carrera habían sido difíciles. Vivía en pobreza casi extrema. Por eso, al cumplir 22 años, decidió conseguirse un trabajo adicional. No había estudiado nada y no tenía nada más que su talento, pero un tío le ayudó a conseguir un puesto como limpiador en la morgue.
-Tu trabajo es muy sencillo, muchacho- le dijo su jefe el primer día de trabajo- tendrás que venir después de medianoche, cuando el forense haya terminado. Deberás limpiar su desorden. No es algo muy agradable, se necesitan intestinos fuertes. No confío en esa cara joven que te traes, pero digamos que es un favor que le pago a tu tío.
Él no estaba muy entusiasmado con el nuevo trabajo pero lo hacía porque necesitaba el dinero. Pero esa noche iba a descubrir algo que daría un vuelco en su vida.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Microrrelato II

-¡Que ejecuten al culpable de la miseria de mi gente! –dijo el rey sin saber que se estaba condenando a si mismo.

martes, 22 de noviembre de 2011

Diario de un demente (Parte 2)

Acabo de despertar con un fuerte dolor de cabeza. Hay una pequeña mancha de sangre en la pared. Poco a poco me doy cuenta de lo que sucede. En mi mano sostenía este diario. Estaba hablando sobre el problema con mi piano. Recuerdo cada vez mejor, mientras, de nuevo, me voy desesperando. No funcionan las teclas. ¿Cómo voy a romper la armonía en esos momentos de desesperación? Una vez más siento el deseo de golpear mi cabeza contra la pared pero tras el primer impacto, el dolor en mi frente se hace insoportable. Un hilo de sangre resbala y casi se me mete a un ojo. Pero eso no me preocupa tanto. Me doy cuenta que oigo un pito. Es un sonido agudo, continuo. A medida que pienso más en él, se intensifica. Estoy a punto de enloquecer (si aún no lo estoy). Es un compás eterno, de un solo tiempo, es el fondo de la música universal que resuena a mí alrededor. Luego se añade otro sonido más. Tic, tac, tic, tac… Busco con angustia e impaciencia la fuente del condenado sonido. Lo encuentro en una caja donde tenía guardados algunos objetos viejos. Maldito reloj, con su sonido seco y rítmico, coincidiendo con el baile pausado de las manecillas. Lo arrojo con ira contra una pared pero el sonido no se detiene y las pérfidas saetas quedan hacia mí, bailando, girando, mirándome, burlándose de mí. Y luego se unen los latidos de mi corazón, el palpitar de mi sangre alrededor de todo mi cuerpo. Se va formando una siniestra orquesta y el pito se intensifica más. No lo soporto. Abro la puerta del desván con furia, casi arrancándola de su pivote. Corro hasta el piano en un intento fallido por aniquilar la música.  Golpes y más golpes. Muebles destrozándose contra las paredes sirven para acallar, por breves momentos el ritmo incesante. Salgo a la calle. Me tiro sobre el pavimento, mirando al cielo, exhausto, resignado. Pero el silencio se hace evidente y pronto no escucho nada. Calma, por fin un poco de paz. Y de pronto, en una maravillosa confabulación, las nubes se preparan para descargar un torrencial. Sonrío, no puedo evitarlo. Sin el piano, la lluvia es lo único que me queda.
Veo caer la primera gota. Algo suena, una sola nota, suave y tímida. Me niego a creerlo. Sólo lo inventé. Calma, disfruta de la lluvia. Trato de convencerme. La segunda gota y de nuevo suena otra nota diferente. La siguiente y la siguiente caen, todas acompañadas de una nota. La lluvia se intensifica. No oigo el usual y placentero desorden de las gotas al golpear el suelo. Ahora cada una suelta una nota y en conjunto es una melodía. ¡No! No me pueden quitar lo único que me quedaba. Ahora aparece la luz del faro. Y todo se convierte en una hermosa pieza musical. Hay que admitirlo. Pero en mi condición no puedo disfrutarla porque solo logra aumentar mi locura, mi desesperación. Corro dentro de mí casa pero ni el techo me oculta de la melodía que suena en todas partes. Todo lo que escucho suena al ritmo de la música. Todo lo que veo baila al ritmo de la misma. Y entonces ya sé lo que tengo que hacer. Tomo un viejo abrecartas. Es lo primero que encuentro. Lo agarro fuertemente con ambas manos y doy cuatro estocadas, suficientes. Y entonces todo deja de sonar y todo deja de bailar. El dolor es insoportable, pero no tanto como la armonía que había antes. Me arrastro a tientas hasta el sofá y me siento plácidamente. Hasta el ritmo de mi corazón se hace tan suave que ya no lo siento. Me siento rebosante de alegría, de satisfacción y de sosiego. Ya no tendré que ver ni escuchar nunca más la música ni el baile universal.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Diario de un demente (Parte 1)

Que alguien apague esa luz. Estoy parado en medio de la calle. Es tarde. Ya no pasan carros a esta hora. Un silencio total me envuelve, me absorbe. Cae una suave lluvia. No me molestan las pequeñas goteras que golpean mi cara. Estoy concentrado en esa maldita luz. Ese faro que se ve a la distancia, que me alumbra con un ritmo incesante. Esa luz que gira eternamente, me alumbra, se aleja hasta el horizonte y regresa. No puedo descansar. No con esa luz. No sé cuánto tiempo llevo allí parado, mirándola. Mientras regreso, el ruido seco de mis zapatos golpeando el pavimento comienza a enloquecerme. Ruido, silencio, ruido silencio, algo que se repite a cada paso. Me parece que va en ritmo con la luz del faro. Paso, silencio, paso, luz, silencio. Una y otra vez mientras me acerco a la puerta de mi casa. El corto camino se me hace eterno mientras el ritmo me desespera.
No comprendo que me pasa. Antes era diferente. Quiero decir, el mismo ritmo estaba allí. El faro, todas las noches girando nunca me molestó. He caminado toda mi vida y jamás noté el ritmo de mis pasos. Todo cambió hace algunas noches. Es decir, nada cambió. Me levanté de la misma manera, fui al trabajo por el mismo camino. Ese día era igual a todos. Nada era diferente. Pero algo cambió, en mí o en mi entorno. Ahora no logro estar tranquilo. Es el orden de las cosas. El mundo, la gente, todo quiere estar en orden. ¡No! La luz del faro, mis pasos, estar en el trabajo todos los días a la misma hora, el ruido de los dedos al golpear las teclas del computador, todo, siempre siguiendo un ritmo, un compás que rige la música del mundo. No lo soporto. Odio esa música. Tanto orden, tanta armonía. Solo hay dos cosas que me tranquilizan: La lluvia y sentarme a tocar piano. Esta noche no llueve lo suficiente. Así que tengo que entrar y sentarme en el piano y tocar. Tengo que acabar con la armonía, así sea por unos segundos, para lograr tranquilizarme un poco y poder dormir. Me siento frente a las teclas y como el mejor de los pianistas, hago un gesto inservible con mis dedos, como preparándolos para disponerse a deslizarse con destreza sobre el instrumento. Pero, claro está, no me dispongo a entonar ninguna obra maestra. Enloquecería (aún más) de hacerlo. Aguanto la respiración por un segundo para disfrutar del silencio y la calma que me dispongo a destruir y luego descargo con furia los dedos, los puños, los brazos sobre las teclas, produciendo un estruendo placentero, un ruido endemoniado que apacigua mi intranquilidad. Disfruto por largo rato de ese sonido que surge del movimiento aleatorio de mis manos, no sé por cuanto tiempo, hasta que una sonrisa se dibuja en mi rostro. Luego me detengo pues ya podré dormir un poco. Me dirijo a la cocina y me tiro sobre el sofá. Dejo encendida la luz y cierro los ojos.
¿Por qué la cocina? Un impulso, eso fue todo. Descubrí que no soportaba dormir más en mi habitación. Era vivir al mismo ritmo que no soporto. No podía vivir en lo que llamaría normalidad. Ahora duermo en la cocina, como en la habitación, cocino en el salón. Todo está hecho un desorden y me gusta que sea así. Pero, como todos los días tengo que soportar una rutina a la que estoy forzado. Ir hasta el paradero. Tomar el mismo bus. Ir a la oficina, sentarme a preparar documentos, a verle la maldita cara sonriente a los demás, con esas ganas que me dan de reventarles la nariz con un puño. Pero me controlo. Recuero el sonido de mi piano, la lluvia caer, y me sirve para aguantarme hasta regresar de nuevo a casa en la tarde.
Hoy, mientras me dirigía de nuevo a mi casa, no sabía lo que me esperaba. Casi corriendo me senté frente al piano para descargar mi frustración, para descubrir que del instrumento no brotaba ninguna clase de sonido. Golpeé más fuerte pero solo conseguí desprender algunas teclas. ¿Qué puedo hacer ahora? Afuera no llovía. Me encerré en el desván. Llevo varias horas aquí. Estoy a punto de enloquecer. No sé qué hacer. Aunque…